Fernando Grande-Marlaska en una imagen editorial con el titular “Fernando, ¿sigues ahí?”
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Fernando, ¿sigues ahí?

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Marlaska y su ausencia en el funeral de los guardias civiles de Huelva

Fernando Grande-Marlaska vuelve a situarse en el centro de la polémica tras no acudir al funeral de los dos guardias civiles fallecidos durante una operación contra el narcotráfico en Huelva. Este artículo de opinión cuestiona su responsabilidad política, su vínculo con la Guardia Civil y el significado institucional de una ausencia que ha provocado indignación.

No, no me disculpo por tutearte. No hemos compartido un buen cocido, ni antes ni en el resto de tu triste paso por la vida pública. Y digo triste porque miserable, en este caso, se queda corto. Tan corto como el traje institucional que luces con apreturas desde el cargo de ministro del Interior.

Tras tu ausencia en el funeral de dos agentes de la Guardia Civil, como jefe político de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, llegué a pensar que habías abandonado —por fin— tus responsabilidades. Que habías entendido, aunque fuera tarde y mal, que hay cargos que pesan demasiado cuando se carece de la talla necesaria para vestirlos.

Pero no. No te habías ido.

Solo estabas en otro sitio.

Como casi siempre.

Viajabas hacia las Islas Canarias, donde estaba prevista la llegada de un buque contaminado por hantavirus en la madrugada del domingo. Al parecer, en una de las cámaras frigoríficas del barco viajaba el cuerpo de una persona fallecida por dicho virus. Oye, Fernando, entre tú y yo: ten cuidado. No por el virus. Por el espejo. Hace tiempo que el cargo no te sienta bien.

Ni por dentro ni por fuera.

Llevas más de siete años al frente del ministerio más sencillo de dirigir. Bueno, casi. El más sencillo quizá sea Sanidad. ¿Sanidad? Sí, Sanidad. Después de la pandemia de COVID-19, el exministro Illa no ha sido imputado por el desfalco en la compra de mascarillas y material de protección. Fíjate tú, Fernando, cuando eras juez de instrucción en la Audiencia Nacional: el Reino de España entregó unos cuantos millones de euros a una empresa —presuntamente vinculada a un ciudadano chino— domiciliada en el pueblo del ministro. Y desaparecieron la empresa, el chino y los euros.

Disculpa, Fernando. Me despisto.

Sigo.

Fernando Grande-Marlaska en una imagen editorial con el titular “Fernando, ¿sigues ahí?”
Fernando Grande-Marlaska, ministro del Interior, en el centro de la polémica por su ausencia en el funeral de los guardias civiles fallecidos en Huelva.

Interior es un ministerio sencillo de dirigir porque descansa, principalmente, sobre dos instituciones: la Policía Nacional, con más de doscientos años de historia, y la Guardia Civil, con ciento ochenta y dos años de servicio ininterrumpido. Dos cuerpos armados, jerarquizados y sostenidos por hombres y mujeres acostumbrados a obedecer, pero no a arrodillarse.

Los guardias civiles tenemos carácter militar. Y más que carácter, atesoramos unos principios intactos desde nuestra fundación, allá por 1844. Te participo un dato interesante, muy mejicano, de nuestro fundador: el mariscal de campo don Francisco Javier Girón y Ezpeleta, II duque de Ahumada, descendiente del emperador Moctezuma.

Supongo que habrás notado algo, Fernando: los guardias civiles somos más militares que los militares. Y, ante la duda, conviene recordarlo:

—Nosotros no cumplimos órdenes: cumplimos la ley.

¿Necesitas un par de ejemplos? Coronel Diego Pérez de los Cobos. Coronel Manuel Sánchez Corbí. ¿Te suenan, verdad?

Pero vuelvo a la senda.

Mientras dabas una rueda de prensa de autobombo por la aprehensión de más de treinta toneladas de cocaína en alta mar, los agentes del Servicio Marítimo de Huelva libraban una persecución a una narcolancha frente a la costa de la provincia.

Mientras tú, Fernando, presumías del incremento de material y medios para la lucha contra el narcotráfico, nuestros compañeros intentaban detener una embarcación más rápida, más potente y sin la menor intención de poner fin a su singladura.

Mientras tú, Fernando, lucías una corbata adornada con el haz de lictores, la espada y el hacha de nuestro escudo —mal puesta, como casi todo lo que haces—, dos agentes, el capitán Jerónimo y el cabo primero Germán, fallecían al colisionar dos embarcaciones de nuestro Servicio Marítimo.

El público asistente aplaudió tu intervención. Leída, por supuesto. Porque tú no pareces estar para mucho más que memorizar un par de consignas que tu amo político, Pedro Sánchez, reparte cada mañana entre sus ministros; argumento repetido durante el resto del día como una letanía de obediencia.

Y, según parece, entre ese público había compañeros guardias civiles. Sí, compañeros. Porque los coroneles y generales también son miembros de la Guardia Civil, como lo son los agentes del resto del escalafón. Otra cosa es el olvido de algunos cuando pisan moqueta, coche oficial y despacho con bandera.

Esos miembros te alaban allá por donde pasas. Esos miembros te cuentan justo lo que quieres oír. Qué oficio tan miserable el de relatar al jefe la realidad que desea escuchar, en lugar de la realidad que existe.

Licenciados con deshonor en No pasa nada. Doctorados en Están exagerando. Expertos en vender silencio a cambio de ascenso. Ignoran, minimizan o desprecian las necesidades de quienes están en primera línea contra el narcotráfico, el terrorismo, la delincuencia organizada, el tráfico, los delitos económicos…

¡Anda, Fernando! Delitos económicos contra miembros de tu propio Gobierno. ¿Recuerdas el caso de José Luis Ábalos Meco? Seguro que sí. Aunque hagas como que no. Y se ha abierto la veda no hace mucho. Eso no ha finalizado, todavía.

El cargo de ministro del Interior no consiste solo en comparecencias, fotografías, aplausos domesticados y comidas cómodas en restaurantes donde nunca falta mesa. No consiste solo en presumir de golpes al narcotráfico mientras a los agentes de la UIP casi los matan a pedradas tus amigotes separatistas catalanes.

El cargo de ministro del Interior lleva aparejada una obligación moral: acudir a los funerales de quienes han muerto en acto de servicio.

Y más aún cuando esos hombres han perdido la vida luchando contra el narcotráfico.

Sí, Fernando, es un trago duro.

Durísimo.

Pero no todo en esta vida consiste en salir a presumir de treinta toneladas de farlopa intervenidas.

Hay días de entierro.

Días de funeral.

Días en los que un ministro debe ponerse corbata negra, camisa blanca, traje oscuro y acudir donde le corresponde. Aunque le abucheen. Aunque le miren a los ojos las viudas, los huérfanos, los compañeros y los mandos que todavía conservan algo parecido a la dignidad.

Hay días en los que no se gobierna desde una rueda de prensa.

Se gobierna dando la cara.

Pero tú no la diste.

Tu ausencia no fue un descuido. Fue una declaración.

Una forma cobarde de decir a los guardias civiles que sus muertos pesan menos que tu agenda, que tu comodidad y que tu miedo a escuchar verdades incómodas.

Tienes enormes tragaderas, Fernando. Lo has demostrado, lo demuestras y lo seguirás demostrando cada día de tu paso por el ministerio.

Has olvidado las veces en las que los guardias civiles te protegieron de quienes querían arrebatarte la vida. Has olvidado que hubo hombres y mujeres que pusieron el cuerpo entre ETA y tu nombre.

Ninguneas a las viudas de los compañeros. Les hurtas el derecho al reconocimiento, a las pensiones, a las medallas y a las gratificaciones por los servicios prestados. Servicios que no terminaron con un parte administrativo. Terminaron con una vida arrancada de cuajo.

¿Y sabes qué, Fernando?

Volveríamos a cumplir con nuestro trabajo.

Incluso sabiendo que no mereces de nosotros más que un desprecio profundo, sereno y amargo.

No espero tu respuesta. Tampoco espero que sientas un mínimo dolor por el fallecimiento de estos dos compañeros.

Del Gobierno del que formas parte ya hemos aprendido bastante: se ha rendido ante ETA, ha retirado la unidad OCON-SUR —una de las herramientas más brillantes contra el narcotráfico— y se muestra sumiso ante independentistas catalanes y vascos.

De ti solo cabría esperar una cosa: la dimisión.

Sí, Fernando. Dimisión.

Porque Pedro Sánchez es tu dueño político y tú eres su coartada perfecta. Tu pasado como juez de la Audiencia Nacional sirve de barniz para tapar lo que ya no puede ocultarse. Se han dictado leyes que han beneficiado a pederastas, violadores, acosadores sexuales y terroristas. Mientras, tú has callado de manera miserable o te has mostrado a favor. Y eso, Fernando, es todavía peor.

Tardaste en marcharte hace años.

Demasiados.

Tu permanencia en el Ministerio del Interior no es solo una vergüenza política. Es una carga para quienes patrullan, investigan, vigilan, se juegan la vida y, a veces, no regresan.

Y esta vez, Fernando, los muertos no pudieron escucharte.

Porque ni siquiera tuviste el valor de estar allí.

Publicado en Libertad Digital.

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