Las vacaciones del otro: Pedro Sánchez frente a una autónoma
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Las vacaciones de Pedro Sánchez y las de Sofía, una autónoma que cierra su tienda durante cuatro días, sirven de punto de partida para una pregunta incómoda: ¿qué significa descansar cuando unos dejan de ingresar y otros conservan el respaldo de una estructura institucional?
Les hablaba de Sofía, nuestra empresaria autónoma, la mujer que sostiene una casa, cría a dos chiguitos y levanta cada mañana la persiana de una tienda en un pueblo próximo a Valladolid. Sus vacaciones duraron de jueves a domingo. De la misma semana, recuerden, porque tampoco conviene que Hacienda sospeche una prosperidad sobrevenida.
Al terminar les anuncié que hablaríamos del otro.
El otro es Pedro Sánchez. Conviene identificarlo desde el principio: bastante niebla hay ya en la política española como para añadir nosotros otra máquina de humo.
¿Tiene derecho a descansar? Naturalmente. No faltaba más. Quien firma estas líneas no pretende encadenar a nadie a una mesa, ni siquiera a una de esas mesas oficiales donde se firman decisiones cuyas consecuencias acaba pagando alguien que no estaba invitado a la reunión. La cuestión es qué significa descansar para cada cual, cuánto cuesta y quién se queda atendiendo el negocio mientras el titular cambia de paisaje.
Sofía baja la persiana y deja de vender. El poder baja la persiana y conserva el servicio.
Hay diferencias que no necesitan una comisión de investigación.
Sánchez tiene esa planta de hombre al que los trajes parecen esperar en posición de firmes. Alto, espigado, con las canas suficientes para anunciar experiencia y una seguridad escénica que muchos autónomos agradecerían cuando se presenta una inspección. Sofía, en cambio, suele comparecer ante su público con la preocupación de que no falte leche y llegue a tiempo el reparto del tabaco. También ella gestiona crisis, aunque ninguna termine con una rueda de prensa.
Su trayectoria política se puede consultar en una biografía. La de Sofía se encuentra en los albaranes, las facturas y las horas que le faltan al día. A él le corresponde explicar sus decisiones; ella tiene que justificar hasta un recibo cuya tinta ha decidido desaparecer.
Y aquí empieza lo interesante: ambos trabajan, ambos se cansan y ambos tienen familia. Pero la semejanza pierde fuerza en cuanto uno pregunta quién hace la compra, quién prepara el viaje y quién vuelve el lunes para comprobar si las cuentas permiten llegar al domingo.
Medios oficiales y gastos propios: dos formas de viajar
Para Sofía, desplazarse significa coger el coche, calcular el combustible y confiar en que no aparezca una avería con vocación de derrama. La Presidencia dispone de medios oficiales, personal y seguridad. Es lógico que un jefe de Gobierno tenga protección y recursos para ejercer su cargo. Lo que también resulta lógico es exigir transparencia sobre su uso, aunque esta segunda lógica suela encontrar más dificultades para aparcar.
Porque uno escucha los discursos sobre sacrificios, sostenibilidad y responsabilidad individual y termina mirando su viejo coche con remordimientos. El pobre lleva años acercando a los niños al instituto y, de pronto, parece el autor intelectual del cambio climático.
Desde el mostrador de Sofía, ciertas lecciones deben de sonar especialmente bien. Sobre todo cuando llegan a la hora de pagar la luz.
Gobernar, trabajar y encontrar tiempo para reflexionar
También está el asunto del cansancio. Gobernar agota, dicen, y no tengo motivos para negarlo. Mantener alianzas, negociar apoyos, administrar desacuerdos y explicar que el viraje de hoy confirma la firmeza de ayer debe de exigir una preparación considerable.
Sofía negocia con proveedores, atiende clientes, organiza una casa y consigue que dos hijos estudien. Su coalición doméstica tampoco es sencilla, pero, cuando alguien rechaza la cena, no dispone de un gabinete que presente el desacuerdo como un avance histórico.
El nuestro es un sistema parlamentario: gobierna quien obtiene los apoyos necesarios para ser investido. Hasta ahí, ninguna novela negra. El escrutinio político empieza cuando preguntamos qué compromisos se adquieren, cuánto cuestan y a quién benefician. Preguntas normales en una democracia, aunque a veces se reciban con la simpatía que despierta un inspector cuando aparece cinco minutos antes del cierre.
A Sofía nadie le permite contestar que la factura es una maniobra de la oposición.
Hay, además, una modalidad de descanso que merece atención: el tiempo para reflexionar. Sánchez anunció en 2024 unos días para decidir sobre su continuidad. Sofía también reflexiona. Lo hace mientras conduce, coloca mercancía o deja preparada la cena. Lleva años pensando entre una obligación y la siguiente, sin conseguir que el país suspenda la respiración.
Si ella colgara un cartel anunciando «Cinco días para decidir si me compensa seguir», probablemente encontraría a la vuelta varias entregas pendientes y alguna clienta preguntando dónde demonios se había metido.
Nadie aguardaría una declaración institucional. Querrían comprar el pan.
Transparencia y responsabilidades más allá del descanso
Entretanto, fuera del recinto donde se administra el poder, los problemas continúan con una puntualidad desagradable. La vivienda no se abarata porque un discurso resulte convincente; las familias no llegan mejor a fin de mes porque un ministro encuentre un adjetivo nuevo. Tampoco la seguridad de los ciudadanos mejora gracias a una fotografía bien encuadrada.
Pensemos en Ceuta. Lo exigible a cualquier Gobierno es que explique sus decisiones, proteja a quienes viven allí y proporcione medios a quienes cumplen su servicio. Las responsabilidades se examinan con datos y documentos. Precisamente por eso convendría ofrecerlos: la transparencia ayuda bastante más que pedir confianza desde una distancia confortable.

La Mareta y Suances: dos escenarios para las vacaciones
Y llegamos a las vacaciones, que era por donde habíamos entrado antes de encontrarnos con todo el mobiliario.
La Mareta, en Lanzarote, pertenece a ese mundo de residencias oficiales que la mayoría conoce por las noticias. Suances pertenece, para Sofía, al recuerdo de cuatro días junto al mar y a una cuenta que tiene que cuadrar con las demás.
No hace falta inventar una factura para observar la diferencia. Basta con recordar que el descanso de quien gobierna se desarrolla dentro de una estructura institucional, mientras el de Sofía exige cerrar la fuente de sus ingresos y seguir haciendo frente a los gastos.
A ella le acompaña una preocupación que no necesita billete ni reserva: cuánto dejará de ingresar mientras esté fuera. Se sienta con la familia, pasea por la playa y, en algún momento, hace cuentas. Las cuentas tienen esa mala educación. Se presentan incluso cuando nadie las invita.
Ignoro cuánto consigue desconectar un presidente del Gobierno. Tampoco voy a adivinar sus preocupaciones a partir de una fotografía: una sonrisa no acredita tranquilidad, del mismo modo que una cara solemne no demuestra competencia. Para juzgarlo están sus decisiones, sus explicaciones y sus resultados. Material debería haber suficiente.
El lunes de Sofía: volver a levantar la persiana
Lo que sí conozco, por esta historia, es el descanso de Sofía. De jueves a domingo, con el lunes esperando detrás de la puerta como un cobrador que conoce perfectamente el domicilio.
¿Merece Sánchez unas vacaciones? Sí. ¿Merece continuar en política? Eso tendrán que decidirlo los ciudadanos por los cauces democráticos. Y, si existen indicios de alguna irregularidad, corresponde investigarlos con pruebas, sin fabricar absoluciones ni condenas a medida del entusiasmo de cada uno.
Mi deseo es bastante más sencillo: que quienes gobiernan recuerden a quién sirven, también cuando preparan la maleta.
Porque este hermoso país llamado España está lleno de Sofías. Personas que pagan, trabajan, cuidan y apenas hacen ruido; que no necesitan parecer imprescindibles porque, cuando faltan, se nota enseguida.
El lunes, Sofía volverá a levantar la persiana. Si alguien le pregunta qué tal las vacaciones, seguramente sonreirá y dirá que se le han hecho cortas.
Cuatro días.
Todavía habrá quien le explique que tiene que aprender a desconectar.