Cartel del horario de una tienda abierta de lunes a domingo, con el aviso «Importante: soy poco puntual».

El descanso de Sofía: las vacaciones de los autónomos

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Las vacaciones de los autónomos caben, a veces, entre un jueves y un domingo. Sofía regenta una tienda de comestibles y estanco en un pueblo cercano a Valladolid, cría a dos hijos y hace sitio al descanso donde apenas queda hueco.

Ya está bien! Nos quejamos de las vacaciones de los demás. En España, todo el mundo tiene derecho a un merecido descanso, siempre que el trabajo, la familia, la salud y las demás responsabilidades lo permitan. Si no lo permiten, haremos un hueco.

O eso nos contamos.

Años y años así, hasta este verano. Algunos ciudadanos han puesto el grito en el cielo infinito, por lo que se escucha. ¿Hacemos unas comparaciones?

Sofía: una autónoma, dos hijos y una tienda de pueblo

Un pueblo cercano a Valladolid. Con sus ventajas, que las tiene, y sus inconvenientes, que nunca faltan al pasar lista.

Allí vive Sofía. Empresaria. Autónoma en todos los sentidos —¡en todos!— y madre de dos chiguitos. Divorciada. Su exmarido ejerce de ex; ella se quedó con la casa.

—Lo mejor del divorcio —afirma sin dudar.

La casa, dos hijos y un negocio. Conviene recordar las tres cosas para entender lo que viene después.

Regenta una tienda de comestibles y estanco. En cigaleño, lo suyo tiene un nombre: heroína autónoma. Una de esas personas que responden de todo ante la administración estatal, autonómica y municipal. Tres ventanillas para una sola espalda.

Sobre hombros como los suyos descansa una parte de este hermoso país llamado España. Hombros cansados, castigados por las horas y por esa afición de los gobiernos a anunciar facilidades que luego hay que descifrar con ayuda de una gestoría. ¿Cómo nos apañamos para salir perjudicados de tantos beneficios?

La jornada de una autónoma empieza antes de abrir

El horario de Sofía, lo que en otros lugares llaman jornada laboral, se divide en tramos. Los huecos también están ocupados.

De lunes a viernes abandona la cama hacia las 7:10. Empieza a preparar la comida mientras dispone el desayuno de los chiguitos. El instituto queda cerca. Cerca en términos de pueblo: Valladolid está a un paso, siempre que ese paso se dé en coche y la niebla del invierno no haya levantado su muro blanco, húmedo y pesado.

Deja a Jimena a una calle del instituto y enfila hacia el HiperCash. Hay que reponer los productos de la tienda. Su Peugeot Partner aguanta bien el paso de los años. Y la ITV.

Los mayores recordarán aquella mezcla: estanco, comestibles, chuches y todo lo que se nos olvidó comprar en el supermercado de la ciudad. Porque uno puede recorrer pasillos durante una hora y volver a casa sin leche o la lejía necesaria en la limpieza hogareña.

Entonces se acuerda de Sofía.

Vuelve al pueblo con la compra hecha y otra factura para la declaración trimestral del IVA. Esa cita que nunca se despista, aunque tú lleves varios días sin saber en cuál vives. A veces, ante un plazo, uno se siente sospechoso de un magnicidio por haber extraviado un recibo.

Hay que cumplir, por supuesto.

En eso estamos de acuerdo.

En lo de tratarnos como sospechosos, ya menos.

El camión del tabaco llega a las 10:15 dos veces por semana. Sofía abre a las 10:30, pero el reparto tiene su propia ley: el jefe ha fijado una ruta por la provincia y hay que ajustarse.

Ella procura no complicarles la mañana a los repartidores. Conoce la presión. La reconoce enseguida en los demás.

Después llegan las vecinas y el mostrador se convierte en una pequeña redacción sin becarios. Se comentan los presuntos romances, novedades del famoseo patrio y curiosidades locales. Lo de «presuntos» conviene mantenerlo: en los pueblos también debería existir la presunción de inocencia.

O casi.

Entre compras e historias, la mañana corre. La tienda vende comestibles, también ofrece conversación. Ese producto que no figura en el inventario y que tanta falta hace.

Conciliar también es trabajar cuando la tienda cierra

Las 14:10 llegan en un pispás. A las dos y media aparece el coche de línea con la chavalería del instituto y de la universidad.

—Petao, mamá. Como todos los días —se queja Jimena.

Viene sin fuerzas para el autobús, aunque luego encuentra empuje para lo que haga falta. Ha salido dura.

Como su madre.

—Pisa fuerte la chiguita —dice Sofía con ese orgullo que no necesita más explicaciones.

Termina la comida y deja encaminada la cena. Así se ahorra tiempo. En un informe lo llamarían «optimización de recursos». En su casa consiste en dejar algo preparado para no empezar de cero a las nueve de la noche.

Mesa puesta. Noticias.

Lo de siempre.

Antes del segundo plato ya han cambiado a una serie. Después del postre recogen la mesa y empieza el repaso de lo estudiado por la mañana.

Repasan los hijos y repasa la madre. Sofía vuelve a cursos que creía aprobados para siempre. Recupera reglas, fechas y conocimientos que llevaban años durmiendo sin molestar a nadie.

Todo ha cambiado. Ya no se estudia como antes.

O casi.

YouTube echa una mano con matemáticas, lengua, inglés, filosofía, historia, ciencias… la aplicación debería figurar algunas tardes como un miembro más de la familia.

—¿Eso no se estudiaba antes? —preguntan los chiguitos cuando pillan un renuncio.

Suena la alarma.

Salvada, piensa Sofía.

—Acaba tú y lo repasamos luego, cuando vuelvas de dar una vuelta.

Le planta a Jimena un beso en la frente, sorteando esa resistencia que empieza a aparecer con la adolescencia. Hasta el cariño materno tiene ya sus horarios de admisión.

A las 18:00 levanta de nuevo la persiana.

Por la tarde, los pequeños llegan a por nubes, fresas, regalices, pipas y patatas fritas. Las madres compran aceite de girasol, leche, zumos. Se recuperan las conversaciones de la mañana, actualizadas con el precio de la luz, el butano, la gasolina…

—¡Y el puñetero IBI!

Cada cual aporta lo suyo. Sofía escucha mientras cobra, coloca y comprueba qué va faltando.

Baja la persiana, pero el trabajo continúa

A las 21:00 baja la persiana. Ha ido registrando las ventas en el ordenador y sabe qué tendrá que reponer mañana o pasado. La modernidad tiene estas ventajas: permite conocer con bastante precisión el trabajo que te espera.

Queda rematar la cena, revisar los deberes y terminar el capítulo de la serie. Si nadie se duerme antes.

Apagan las luces del salón. Mochilas preparadas. Ropa lista.

—Mañana hay gimnasia a tercera hora.

Y a la cama.

Así, de lunes a jueves. Los viernes no preparan las mochilas. Algo había que concederle al fin de semana. Los sábados y domingos, Sofía mantiene una rutina parecida, aunque se ahorra el viaje a la capital. Aprovecha ese hueco para limpiar la casa y hacer un poco de deporte.

De 10:30 a 14:10 puedes entrar en su tienda, comprar lo que te falta y encontrarte con su sonrisa. Después, si te paras a echar cuentas, quizá te hagas una pregunta:

¿Cuándo descansa Sofía?

Porque derecho tiene. Faltaría más. Lo difícil es encontrarle sitio entre la caja, la compra, los hijos y las facturas.

Las vacaciones de los autónomos: cuatro días en Suances

Este verano disfrutó de unas pedazo de vacaciones: de jueves a domingo en Suances, Cantabria.

De la misma semana, para evitar interpretaciones generosas.

Cuatro días contando la ida y la vuelta. El lunes, la persiana vuelve a pesar lo mismo.

Sofía, nuestra heroína de andar por casa, tiene derecho al descanso veraniego. Como tantos autónomos de este hermoso país llamado España. Sostiene un negocio, saca adelante a dos hijos y consigue que la vida continúe incluso cuando ella está agotada.

También merece que alguien cuente sus vacaciones.

Ya están contadas.

No, no he terminado.

Ahora voy a contarles las del… otro.

¿Adivinas quién es el otro? Te cuento en unos días.

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