La simpatía por bandera
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Pedro Martínez Crespo hizo de la simpatía, la inteligencia y la lealtad una forma de estar en el mundo. Este es el recuerdo de un amigo cuya ausencia deja el alma rasgada, pero también el de una vida llena de familia, humor y afectos compartidos.
Me resulta difícil recordar la fecha exacta de mi penúltimo paso por la puerta de la comandancia de la Guardia Civil en Palencia. Salí de allí en 1993. En 2026 he vuelto a recorrer la calle Cubas. Llevaba el corazón encogido, los párpados conteniendo un torrente de lágrimas y el alma rasgada; sí, rasgada. Cuando fallece un amigo, el alma se parte en pedazos.
Y se nos fue Pedro Martínez Crespo. En la madrugada del 20 de abril, su cuerpo dejó la vida terrenal y su espíritu fue acogido en el cielo. Pedro era creyente, buen marido, buen padre, buen abuelo y una persona excepcional. Lo conocí, creo recordar, cuando se marchó a Bilbao para estudiar ingeniería industrial. ¿Hace cuánto tiempo? Echen cuentas: nos llevábamos treinta y un años. ¿Se imaginan? Presten atención: Pedro fue a estudiar ingeniería industrial y servidor —de Dios, de la patria, de ustedes y por ese orden— aún no había nacido.
—¿Seguro?
—Fijo.

Pedro Martínez Crespo, la simpatía como forma de vida
Según me contó, lo acompañé, a través de su relato, en aquella aventura estudiantil: la del joven que salió de Palencia para formarse en Bilbao. Años de trenes incómodos, de compañeros, de amigos. Viejos tiempos en los que los palentinos vivían en Bilbao con toda tranquilidad. Se especializó en la producción de energía eléctrica, tan necesaria para la vida diaria.
Y viceversa.
Estudió la carrera sin olvidar a María del Carmen —Maricarmen para la familia y los amigos—, con quien había iniciado una relación a los trece años. De Palencia a Bilbao y vuelta; de Palencia a León hay cuatro pasos. Cuatro.
Su primer destino fue Ponferrada, en 1965. Allí formó una familia con María del Carmen, que pasó de dos a cuatro miembros al nacer sus hijos, Soledad y Pedro.
Forjó una relación estrecha con una unidad de Artillería del Ejército de Tierra, así como con guardias civiles y policías nacionales. Estos últimos le revelaron un dato curioso cuando, tras casi veinte años, se despidió de su destino en Ponferrada:
—Don Pedro, nos ha costado un poco más de lo habitual cuidarle sin que usted se diera cuenta. Se mueve usted… mucho.
Fue entonces cuando la familia tomó conciencia del peligro al que había estado expuesta en aquel destino y de la responsabilidad con que Pedro lo había afrontado.
Después llegó el traslado a Madrid.
El recuerdo de un amigo
Pedro, el hijo, dejó en León a un gran amigo, una excelente persona. El trabajo de su padre lo alejó de Pastor, con quien había compartido estudios desde los tres años. Sin embargo, la relación continuó y continúa, invitaciones a las bodas incluidas. ¡Ojo: a día de hoy conservan la amistad! ¿Ven cómo entiende la familia de don Pedro la lealtad entre amigos?
Porque don Pedro, además de simpático, era inteligente. Aún recuerdo los veranos en Calpe, con el agua del mar al cuello, y las tertulias, más que agradables, con Juan José Silvestre, Paco Araque y Eduardo Amorós. Magníficos encuentros, sin duda, difíciles de superar.
El verano pasado, a Pedro le costaba entrar en el mar. Ya no era solo la preocupación por el corazón al subir la rampa después de salir de la mar, sino también el riesgo de trastabillar con las olas y sobre la arena ondulada del fondo.
—Deja que te acompañe —le dije.
—No necesito ayuda, pero agradezco la compañía.
Y se apoyó en mi brazo mientras íbamos, desde el club en Barlovento, al encuentro de la cuadrilla.
Recuerdo con viveza uno de los temas que tratamos: los avatares de la transición democrática en España. En aquellos momentos, los sindicatos apretaban lo indecible a los directivos de las empresas. Don Pedro, como director de una central de energía eléctrica, acudía a las reuniones con el comité de empresa:
—Si quieren ustedes retirar la imagen de Francisco Franco del comedor, no hay problema. Se quita. Ahora bien, ¿retiraremos también la paga extraordinaria del 18 de julio, que es el nombre real de la paga extra de verano?
Silencio.
—No, no se preocupen —tranquilizó Pedro—, el cuadro será retirado mañana mismo.
Y se quitó.
Sin embargo, para gran sorpresa de los sindicalistas, sustituyó aquel cuadro por otro, del mismo tamaño, con la imagen de S. M. el rey Juan Carlos I.
—¿Democracia? Pues democracia sea: el jefe del Estado nos acompañará en las comidas.
El humor castellano es difícil de comprender, salvo para quienes somos castellanos y cazamos el doble sentido al vuelo.
Y, como colofón, añadió:
—Durante las movilizaciones y huelgas de la transición se gritaban muchas cosas a las puertas de la fábrica. Ahora bien, los trabajadores siempre incluían un «don Pedro…» en sus reclamaciones. Y ese «don», oye, a mí me parecía un gesto de respeto.
Palencia y el románico. Estaba enamorado de esa bella tierra, tan desconocida como hermosa. Hace tres o cuatro años, Maricarmen y Pedro viajaron con Nieves y Juanjo —dos entrañables amigos de Valencia—. Recorrieron la provincia para conocer su maravilloso patrimonio románico, sus pueblos y, cómo no, el Canal de Castilla.
La comida. Pedro era un apasionado de la comida —de la de toda la vida—. Siempre tengo presente una cena con la cuadrilla al completo en Calpe —incluidos don Luis Mollá Feliú (DEP) y doña Rafaela Palop Gimeno (DEP)—, en la que degustamos dos huevos fritos —dos—, patatas y jijas fritas en el restaurante «Calentura» una noche de verano. ¡Dejamos el plato listo para guardar!

Ahora bien, su pasión eran las banderillas: pepinillo, cebolleta, piparra, pimiento rojo… ¡y lo que se tercie!
A los dos hijos se sumaron cinco nietos: tres chicas guapas y dos chicos espigados, todos ellos muy inteligentes. Carmen, Lucía, Paula, Pedro y Jaime. Simpatía e inteligencia: herencia familiar. Fijo. Estos muchachos describieron así a su abuelo al despedirse de él en la iglesia de San Lázaro:
—Un hombre bueno, simpático y bromista.
Allí, en el cementerio de Palencia, bajo la atenta mirada del Cristo del Otero —obra escultórica monumental de Victorio Macho—, reposan sus restos mortales junto a los de sus padres y su hermana.
Una ausencia que deja memoria
Quizá ustedes no tuvieron el honor de conocerlo.
Quizá ustedes no compartieron ese humor castellano tan afilado.
Quizá ustedes no viajaron con él en tren de Palencia a Bilbao sin haber nacido aún cuando aquel viaje se produjo.
Nosotros, la cuadrilla, sí.
Ahora ustedes, queridos lectores, también.
Echaremos de menos tu presencia, querido Pedro, y conservaremos por siempre tu recuerdo.
Finalmente, quiero agradecer a Maricarmen que nos haya permitido compartir con ellos tan buenos ratos. Seremos tu bastón en la vida, ahora que Pedro ha vuelto a Palencia.
Desde Calpe y desde el resto del mundo, siempre recordaremos a Pedro Martínez Crespo, don Pedro.