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Muerte dulce

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La partida de mus que perdimos las víctimas del terrorismo por muerte dulce

La muerte dulce nunca es dulce; nunca, porque la muerte es una mierda. De dulce, la vida, incluido algún mal trago. Cualquier tarta siempre lleva un toque salado; como la existencia, como el carácter del ser humano.

Suavizar la pérdida de capacidad para respirar y fallecer, quedó plasmada por un juego de cartas en España: mus. Cuatro jugadores, de dos en dos por parejas contrincantes; no siempre amigos y sí conocidos. La amistad fundamenta un buen resultado, ya que miradas, gestos y palabras sirven para conseguir ganar la partida; también las cartas. Las cuentas se llevan por objetos, normalmente piedras, «amarracos»; de una en una, de cinco en cinco, hasta llegar a cuarenta. Grande, chica, pares y juego, combinando el valor de la baraja —habitual de Heraclio Fournier—. Una mano de naipes y otra, otra y otra, hasta completar los puntos necesarios. Sin casi enterarte, ganas o pierdes el juego: el oponente completa «cuarenta», mientras andas fijándote en una mosca que pasa a tu lado.

Terrorismo

Perdimos la batalla del terrorismo por fiarnos de la mano. La mano responsable de la cerradura y llave en las puertas de las condenas. Floja, sin fuerza doblada, cuando no entregada a la suerte y fortuna de los delincuentes. Hace años se aprestaron a rendir nuestra nación, el estado, España entera, a una serie de malhechores; terroristas mal nacidos, cuyo principio de organización se impone a la vida del otro, del prójimo, «de quien les dé la gana».

Cambio notable, «giro en la lucha armada», fue comenzar a matar, asesinar de forma cobarde, según costumbre, a políticos. No, no a aquellos de primera línea, con protección en superlativo. Se dedicaron a ejecutar concejales en los pueblos, ciudades, regiones. Modestos trabajadores, quienes pretendían defender sus ideas frente a la maldad de la violencia. Sí, también asesinaron a otros más notables. Incluso años después, se puso en boca de los fallecidos «él hubiera dialogado con sus asesinos». ¡No te jode! ¡Qué irónico es hablar como un cobarde cuando no te han arrebatado la vida!

Sin justicia

Trescientos setenta y nueve del total, 379 valientes, asesinados por actos terroristas. Ninguno de ellos está resuelto. Cayeron en el olvido y dejaron de perseguir a los delincuentes; asesinos terroristas malos, peores, con favor entre la peste de sus familiares y amigos, correligionarios políticos. Hay que ser malo, bastardo, «un cabrón con pintas». De esos no hemos de tener nunca miedo, no, de ellos no. Los malos son malos por sus acciones; los buenos son peores cuando no persiguen a los malos. Buscan el favor de esa gentuza otorgando favores, beneficios, «que ya no matan». ¡Vamos no me jodas! Estáis rindiendo la vida de los pasados y entregando el futuro de los presentes a una banda de asesinos. ¿Por qué? Porque ya no nos matan. No, a vosotros tampoco.

Los malos ni cumplen íntegramente las condenas ni colaboran con la justicia ni pagan las «obligaciones voluntarias» impuestas en sentencia. Sí, es cierto, tanto como la vida, más que la muerte, los delincuentes exigen los derechos que las víctimas nunca tuvimos. Olvidan. Desprecian al enemigo por el único hecho de pensar diferente, del origen o profesión. Aquella mano tendida a los asesinos se ofrece a acariciar el lomo, chepa, el brazo de los supervivientes, familia, seres queridos, compañeros. Ese mismo apéndice corporal servirá para ejecutar la traición en poco tiempo. Además, mientras miramos atónitos, engañados desde un lado y otro del arco parlamentario —esos del «bipartidismo» puñalero—, nos acusarán de ser culpables de marginar a los apóstoles de la muerte.

Ventajas del terrorista

Oportunidades. ¿Qué segunda oportunidad merece un asesino? La primera consiste en evitar convertirse en un malvado que quita la vida. Principal más que primera. La segunda, tras el desastre de escamotear la primera, ayudar a resolver el daño causado, pagar su responsabilidad civil y penal —sin olvidar las «obligaciones voluntarias»—. A caballo de la segunda, deben de identificar a sus compañeros de banda, aquellos que cometieron asesinatos, atentados, estragos; quienes han provocado el éxodo de cientos de miles de personas, familias completas, por tener un peligro cierto y próximo de su vida, «salvar el pellejo».

Esta mano de mus —la vida— nos ocupa nuestra existencia, mientras conseguimos conservar el pescuezo. Esas manos de políticos manchadas de sangre; sangre colgando del picaporte en la puerta de las celdas. Así está obrando el PSOE, así libera el PNV a los etarras. Internos cumpliendo condena, quienes consiguen la libertad antes que otros comunes, autores de delitos menores. «Tres a grande, dos a chica; cuatro a duples, con el pase a juego ganaron los asesinos». Perdimos, hay que reconocerlo. Muerte dulce en el mus. La muerte no es dulce, la muerte es una mierda, sobretodo si es la tuya, la mía o quedas vivo y, sin embargo, muerto.

Artículo publicado en Libertad Digital.

Mi quinta publicación fue «Obligaciones voluntarias«. Gracias a ello, al parecer les sentó mal a los amiguetes de los #terroristas, me tumbaron en diversas ocasiones esta página web tan humilde. ¿Sería acertada la obra? ¿Leyeron los terroristas y encontraron el motivo de dicha historia? Está disponible en Amazon.

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