Fernando I el Rabioso: Marlaska, la Guardia Civil y la dignidad perdida
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El ministro y la rabia
Rabioso. Fernando está rabioso. ¡Coño, ya te decía que te cuidaras, Fernando! No sabes cuánto siento tu enfermedad. Una verdadera lástima tu estado de salud.
Verás, muchacho, tengo la rara costumbre de consultar el diccionario de la Real Academia Española. Y dice así:
Rabia: enfermedad que se produce en algunos animales y se transmite por mordedura a otros o al hombre, al inocularse el virus por la saliva o baba del animal rabioso.
Desconozco el accidente: si hubo agresión, un descuido, algún contacto desafortunado. Oye, donde fuera. Mira que nuestras abuelas y madres nos decían de críos: ten cuidado por dónde andas y con quién vas. Pero no. No has conservado ni un mínimo de suerte y has pillado la rabia.
Te advertí, con permiso, que mejor habrías hecho en asistir al funeral de nuestros dos nuevos héroes, fallecidos por la acción de una narcolancha en Huelva. ¡Ojo: asesinados! No víctimas de un accidente laboral, como decía tu correligionaria María Jesús Montero. ¡Hasta para ese mínimo le faltó luces!
Baeza no era el lugar
Poca fortuna la tuya cuando, en plena jura de bandera en la Academia de Guardias de la Guardia Civil, vas y nos sueltas la noticia de tu enfermedad. Nulo acierto el tuyo en dicho acto al sacar el asunto de los dos últimos asesinados. ¿Quién demonios te escribe los discursos? Ni era el día, ni era la ocasión, ni era la audiencia.
Pilla máquina de escribir —vulgo lapicero, que ese no te lo levanta nadie del despacho—. Fíjate, Fernando: hasta el relator tuvo que recordar: «¡Guarden respeto a la bandera, a los guardias civiles en formación y a las instituciones!».
Nosotros, nuestra familia y nuestros amigos, tenemos un respeto infinito a la bandera de España. De hecho, juramos defenderla hasta la última gota de nuestra sangre, y lo hicimos en muchas ocasiones. Nosotros, nuestra familia y nuestros amigos, guardamos respeto a los compañeros formados y uniformados en el acto de jurar bandera, momento en el que se unen a nuestra familia de por vida. Nosotros, nuestra familia y nuestros amigos, mantenemos un respeto absoluto a las instituciones.
Fernando, ¿te has dado cuenta del detalle?
Exacto: tú no eres una institución. Estás al frente del Ministerio del Interior, uno de los dos departamentos encargados de nuestra institución, junto al Ministerio de Defensa. Ahora bien, seguro que has pillado al vuelo el dato: nosotros, nuestra familia y nuestros amigos, tenemos memoria. Memoria de elefante. Astronómica.
Recordamos que tú, Fernando I el Rabioso, estás donde estás porque los herederos políticos de ETA en el Congreso de los Diputados han apoyado y apoyan a tu amo, Pedro Sánchez Pérez-Castejón. Y tú, cobarde mochil, eres su esclavo.
La memoria de la Guardia Civil
Recordamos que tú, Fernando I el Rabioso, estás donde estás porque rendiste tu prometedora carrera judicial hace años. En el caso Faisán, donde se investigó una red de entrega de dinero procedente del chantaje etarra, decidiste inclinar la instrucción por derroteros ciertamente… peregrinos. Cambiaste de bando.
Recordamos que tú, Fernando I el Rabioso, estás donde estás porque eres la presunta cuota de inteligencia y apetencia sexual —no soy como aquella compañera tuya que te adjudicó un término soez— que ha contribuido a enormes desastres normativos en el Consejo de Ministros. ¿Te acuerdas de la ley del «solo sí es sí» y de sus tremendas consecuencias?
Si antes ya te indicaba que deberías dimitir por tu ausencia y tu cobardía a la hora de rendir homenaje a los compañeros asesinados, ha llegado el momento de repetirte tu obligación: deja el cargo por dignidad, si te queda siquiera un vago recuerdo de ella.
Interior necesita algo más que discursos
Necesitamos un ministro serio, firme, leal y cumplidor de la ley para guiar nuestro destino laboral y vital. Nosotros sí nos jugamos la vida cada día, no los personajillos de la farándula cuyo mayor riesgo es practicar sexo sin protección.
Necesitamos un ministro que nos proteja de los malandrines que circulan en las proximidades del Gobierno, cuyas indicaciones nos dejan a los pies de delincuentes de toda ralea. ¿Recuerdas a una fontanera que pedía matar a un teniente coronel de la UCO? Pues tú, ministro por ahora, ocupas un cargo concebido para cuidar nuestras espaldas mientras nosotros velamos por la vida, la libertad, la propiedad privada y la seguridad de los españoles.
Necesitamos un ministro sano. Un tipo en plenitud de facultades para ejercer su cargo. Porque el ministro del Interior no tiene horario laboral, ni fines de semana, ni vacaciones: nuestra misión va mucho más allá de una jornada de ocho horas. ¿Recuerdas la cantidad de agentes que ponen su vida en peligro fuera de servicio para proteger a otros ciudadanos?
Tú, Fernando I el Rabioso, no sirves para esto. Te achantas. Te acojonas. Tiemblas de miedo ante la posibilidad de recibir un simple —y más que merecido— abucheo.
No, nosotros no estamos rabiosos contigo, Fernando. A nosotros nos das pena. Mucha pena. Porque algunos tuvieron fe en ti y la perdieron. Porque nosotros salimos día y noche a la calle con la convicción de que un ministro protegerá a nuestras familias en caso de perder la vida. ¡Y tú les niegas la indemnización a las viudas, que han de acudir a los tribunales! ¿Se puede ser más cobarde y miserable?
La dimisión como última salida
Necesitamos tu dimisión, Fernando I el Rabioso, porque no nos entiendes. Eres más de comprender a los delincuentes —terroristas, violadores, narcotraficantes, maltratadores, separatistas, ¡hasta socialistas pillados con las manos en la masa!— que a los agentes juramentados para defender este hermoso país llamado España.
Venga, no decaigas, y vete a tu casa con tu marido. Sugiero lecturas reposadas, largos paseos por la naturaleza, comida de dieta mediterránea y respirar aire puro. Entre las amistades, los compañeros ministros —y ministras— y esos bichitos que pillas por ahí, chico, no llegas a viejo.
¡Mírate al espejo y vete!
