Dieciocho

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El viernes pasado he tenido mucha suerte. Y tú, espero, también. Varios aspectos han rodeado el día de acciones que han llenado mi alma de gozo, la mente de esperanza y, al final, por qué no decirlo, me enfadé un poco.

Hace algunos meses teníamos pendiente una comida en un restaurante excepcional de la Comunidad de Madrid. La calidad de la carne y la forma de preparación son fundamentales. Dicho local cumple y cubre todas las expectativas de la celebración.

En principio, una amiga y yo, íbamos a comer juntos. Su hijo, residente en London (Great Britain) por temas de formación académica, se unía a nuestra pequeña convocatoria. Casualmente, el padre y marido de mi amiga, se apuntó al acto en cuanto se enteró -y su trabajo en el exterior de nuestra España- de la fecha…

-¿Se puede retrasar la fecha un día? José Manuel viene… pero llega un día después -me comentaba mi amiga.

-Por supuesto que pode… ¡pues claro, mujer! -contesté, obviando el presente de indicativo de la primera persona del plural del verbo “Poder”… mi hijo de 9 años está estudiando los verbos en el colegio… y, a esa forma en particular, he cogido cierta manía.

Dicho y hecho. Se cambia y punto. Además, mejor un viernes que un jueves, donde es más fácil que alguien de su oficina pueda armar algún lío para fastidiar la comida.

La edad comprendida de nosotros, los comensales, está entre 18 y 46 de un servidor de Dios, de España y de ti, querido lector, por ese orden. Mi amiga y su esposo tienen… como yo, más o menos, que es de mala educación preguntar la edad a personas amigas. El mozo está rebosante de dieciocho años.

Se sirvieron platos de Carne de Buey al punto y alguna comida más frugal. Según avanzábamos laboriosamente por los pedazos del Corte Tradicional del vacuno, entablamos una estupenda conversación. El chiguito, que es el apelativo dado en Cigales (Valladolid), lugar que llevo en el alma por proceder de allí -”donde siempre quiero volver”-, tiene una formación excelente, tanto en educación como en conocimientos. De hecho, sorprendía, en parte, sus opiniones sobre la actualidad más reciente de España y el resto de tierra a la cual estamos unidas por la Cordillera Pirenaica; sí, sí, eso que llamamos “Europa”.

La conversación comenzó a girar en temática de relaciones internacionales entre los países, las diferentes formaciones políticas de cada estado, así como la deriva que hemos tomado en nuestra Unión Económica y Monetaria del continente.

-Dieciocho años… el jodío tiene dieciocho años y una opinión formada y estructurada de forma excepcional -pensaba mientras oía la diferencia entre la estructura de varios estados de la Unión Europea.

El mozuelo hablaba mejor que muchos parlantes que surcan las mañanas, tardes y noches televisivas de nuestra España; sus argumentos, razonados; los datos, basados en hechos acaecidos y con un análisis digno de un estudio de la realidad europea. ¿Digo mucho “Europa” hoy? Sí, porque España es un país de dicha Unión, la cual, sin que muchos sepamos a ciencia cierta, elabora con Directrices gran parte de nuestra legislacion nacional.

El chavalillo comenzó a polemizar como cualquier joven de la edad; a más, si hay una persona ajena a la familia, las criaturas tenemos una tendencia acusada a opinar diferente de nuestros progenitores. Intento recordar parte de nuestro diálogo, al que permanecieron aislados sus padres -mi amiga y su esposo-, como si estuvieran alejados dos mil kilómetros o, simplemente, fueran Don Tancredo, sin posibilidad de rebatir las argumentaciones:

-Pues sí, joven, un Jefe es alguien que siempre te dice qué tienes que hacer…

-Ya, como los padres: he de hacer lo que ellos quieran -me contestó.

-Sí y no. Un Jefe no es un padre, aunque lo sea. El Jefe tiene tendencia a decir qué y cómo hay que hacer las cosas. Habitualmente con su propio criterio…

-… ¡como los padres! -sonreía intentando llevarse el ascua hacia su sardina.

-Esa comparación es errónea, querido. Los padres son como… -intentaba yo buscar un argumento para salir airoso de ese pequeño laberinto donde me iba encerrando el jovencito.

Jefes! Quieren que los hijos hagamos lo que quieran ellos… ¡cohartan mi libertad!

¡Jajajajajajaja! Comencé a reír un poco, ya que la situación estaba tornando hacia un comienzo revolucionario. Incluso allí, junto a su mano, parecía encontrarse un mástil tumbado con una bandera, a punto de ser levantada e indicando el comienzo de la Revolución del 18 -cumpleaños-.

-No, no… los padres son como… Dios. Ese Dios es el conjunto de todos los Sumos de todas las creencias; de más o menos adeptos, con más o menos creyentes o con un número cercano a la mayoría absoluta. Ellos, los padres -aprovechaba a señalar con el pulgar como si su figura fuera un acartonado volumen de sus cuerpos-, son unas criaturas de más edad que nos, los hijos. El camino tiene rodaduras porque ha sido ya transitado por… ellos.

Sus manos alternaban entre juguetear con los dedos a mesarse el cabello. El muchacho ni pestañeaba de mi discurso improvisado, que son los mejores cuando se tienen las ideas claras… algo similar a la inversa proporción entre sus dieciocho años y la clase política de España.

-Los padres son unas personas muy entrañables, con conocimiento de causa y más perspectiva que nosotros, los hijos. Ellos ya anduvieron por el camino que recorremos; saben de las numerosas trampas de la vida; conocen perfectamente que, para ver con claridad un problema, es bueno tomar una pequeña distancia del asunto y evaluar las posibles soluciones.

-Si eso está muy bien… pero ellos quieren tener siempre la razón -seguía intentando negar la mayor.

-Te equivocas, querido, los padres no quieren tener la razón… son dueños de dicha razón siempre y en todo momento. Ellos, cuando tú aún no habías nacido, han pasado ya por ese camino; tuvieron esas dudas y más ante situaciones que ahora se presentan como novedosas a nos, los hijos. Esa experiencia suya sirve para intentar ayudar a los hijos a no cometer más errores. Su legado, su discurrir en esta vida, tiene un valor tremendo para nos: de ellos aprenderemos cómo integrarnos en esta sociedad y, sobre todo, cómo evolucionar con éxito. ¿Sabes porqué ya?

-Saber es una cosa… estar de acuerdo otra muy distinta -replicó.

-Por supuesto que sí. Verás, tú, cuando trabajes, estarás de acuerdo o no con tu Jefe. Ello implicará que tengas un trabajo bonito, estable, sin sobresaltos y donde se sepa apreciar a la persona -miraba hacia su madre y padre para intentar descubrir sus dudas, o bien la opinión que iban teniendo de nuestra conversación-. La cuestión con los padres es más sencilla: ahí no tienes que estar de acuerdo. Simplemente no te planteas el asunto como una negociación y solucionado. Puedes sugerir, comentar, plantear alguna evolución en determinados temas; luego ellos, que son como Dios, consensúan entre ellos -es decir, tu madre elabora el criterio- y te dan a conocer el dictamen. ¿Crees que Dios tiene un buzón de sugerencias?

-Entonces ¿son seres superiores? -el argumento parecía volverse más revolucionario cada vez.

-Sí, por supuesto. ¿Dudabas? -respondí contraatacando.

-Claro… tengo dieciocho años y soy mayor de edad… puedo pensar sólo

¡Acabáramos! ¡Ése era el dilema! La edad y la mayoría de edad…

-El individuo siempre piensa sólo. Desde que nacemos, avanzando gracias a conocimientos y costumbres de nuestros padres vamos adquiriendo un pensamiento propio. Hay ocasiones que ocurre tus dieciocho, otras con quince, algunas otras con noventa… pero un Jefe es un Jefe y Dios es Dios… al menos hasta que formes tu propia familia, o vivas en tu propia casa, creando tu propio reino.

-Ya, si te entiendo, pero ellos no me dejan hacer todo lo que quiero… -he aquí el Síndrome de la Pescadilla y su cola- I don’t know why they’re saying me…

El muchacho comenzó a hablar hacia su plato de manera rápida, sin dirigir argumento directo hacia mí. Sabía, comprendía perfectamente que había perdido esa batalla. Sin embargo, sus dieciocho años no interiorizaban una derrota frente a una posición de hegemonía natural.

-Mira, ellos cometieron errores a tu edad; tú has cometido errores en los últimos dieciocho años tuyos. Su función es más importante de lo que parecer: han de tratar que nosotros no seamos tan condenadamente estúpidos como lo fueron ellos. Fallarán, sin duda, porque los humanos somos así. Pero, durante todos los intentos de superar nuestros dieciocho años, nosotros, los hijos, iremos forjando una personalidad propia, un criterio propio, unos conocimientos muy particulares gracias a su experiencia. ¿Sabes para qué?

-¡Para fastidiarnos! -dijo exultante.

-No, ni mucho menos. La naturaleza determina que, quizá, dentro de poco, tú seas padre… un estúpido padre que no deja hacer todo lo que se antoje a su hijo.

El mozuelo enarcaba las cejas hasta casi juntarlas. Su esfuerzo consiguió aventurar dónde iba a nacer la primera arruga en mitad de la frente. Movió la cabeza intentando sacudir la idea que rebotaba en el interior del cerebro:

-Sí, sí, como te descuides te convertirás en “Papá no me deja hacer esto”. Nos, los padres, somos así…

Mi amiga, su madre, sugirió con templanza:

-Creo que sería bueno que salieras a la calle y dieras una vuelta a la manzana para tomar el aire…

-Con permiso…

Se limpió los labios, colocó la servilleta bien doblada junto a su plato y salió del restaurante.

-¿Se va? -dije incrédulo- ¿Conoce Leganés?

-Sí, claro. Sale a tomar el aire un momento. Dará una vuelta a por la calle y volverá. ¡Coño soy Dios!

Los tres sonreímos por la conclusión. Aunque yo estaba más interesado en otro aspecto: la educación del muchacho, lo bien que podía mantener una conversación para intentar explicar con argumentos sólidos la diferencia entre Jefe y Padres/Dios y lo viejo que puede ser uno a los cuarenta y seis años de edad, como para dar consejos a un zagal de dieciocho.

La Virgen del Pilar interceda ante Dios por mí, aunque creo que el símil estaba ajustado a Derecho… salvo que mis padres opinen lo contrario.

Cuando volvió, como si no hubiera pasado nada, dimos cuenta de un estupendo postre, café, té americano e infusión, según la petición de cada uno. La comida y la tertulia fueron sido excepcionales.

Por la tarde fui a la presentación de una Antología en la que he sido seleccionado para participar. Junto con Gabriel Monte, Carlos Cue, Pepe Cabrera, Carmen Baena, Antonio Castillo, Ignacio Siqueros… y otros autores hasta completar los veintiuno, hemos disertado por escrito sobre “El Alma en tus manos”. Ha sido emotivo… ya hablaré de ello.

Lo malo, lo único malo del día… que la bendición de la lluvia ha vuelto a ensuciar mi moto…

-¡Con lo bonita que estás limpia y reluciente en tu color negro mate!

Prometo limpiar… en cuanto se acabe la primavera de este año. ¡Gran día, pardiez!

HD

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