El hábito no hace a la monja: Mercedes González y la Guardia Civil
|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
Mercedes González y el intento de mimetizarse con la Guardia Civil
Mercedes González y la Guardia Civil vuelven a situarse en el centro del debate público tras sus explicaciones sobre Leire Díez, la UCO y la gestión de la Dirección General. El hábito no hace a la monja. Tampoco un ropero verde oliva convierte a nadie en parte de una institución fundada sobre el honor, la disciplina y el respeto a quienes dieron la vida por España.
Y se hizo un fondo de armario para intentar mimetizarse con nosotros.
No fue solo el ropero. Fueron los ropajes. El disfraz completo.
Eso hizo Mercedes González, alias Merche Bis, cuando regresó por segunda vez a la Dirección General de la Guardia Civil. Porque sí, las segundas partes casi nunca fueron buenas. En este caso, la vida real se ha encargado de levantar acta.
En ciertos despachos ministeriales debe considerarse sencillo dirigir instituciones jerarquizadas y militarizadas: el Ejército y la Guardia Civil. Craso error. Por un lado, cumplimos órdenes. Por otro, cumplimos la ley. Y cuando una orden choca con la ley, entonces… mal se le pone el ojo a la yegua, que decimos en Cigales.
La UCO, la Policía Judicial y el deber de informar al juez
Uno de los primeros resbalones fue pretender que los agentes de la Unidad Central Operativa de Policía Judicial —la UCO— se pusieran de perfil en investigaciones que afectan a políticos. De confirmarse que esa directriz salió del entorno de la Dirección General de la Guardia Civil, el asunto no sería menor. Sería gravísimo.
Y, según parece, además del político de turno ostentando un mando que nunca debió entender como propio, el hilo conductor habría sido un compañero nuestro. Y conviene deletrear la palabra: compañero. Porque, aunque el director adjunto operativo —DAO— sea un nombramiento político por la vía digital, su cabeza se cubre con sombrero de charol negro. Con tricornio.
Eso obliga.
Aún más extraño resulta ver cómo ese compañero luce sobre el bolsillo derecho de su prenda de uniformidad el distintivo del curso de Policía Judicial. Por tanto, especialmente para quienes desde la política no distinguen la balanza de la Justicia de un palo de gallinero lleno de gallinas partidistas, conviene recordar qué hace un especialista en Policía Judicial.
Y no es moco de pavo. Ni de pava.
Un agente de Policía Judicial informa de sus investigaciones al juez que instruye las diligencias. No a sus mandos. No a sus jefes. No a directores generales. No a ministros. No a presidentes del Gobierno. No a Su Majestad el Rey. Ni al sursum corda.
¿Ponerse de perfil?
Venga, hombre.
No todos somos un teniente general dispuesto a doblar la cerviz por una faja de un color u otro. La inmensa mayoría todavía conserva algo que no cotiza en política: el honor.
Las investigaciones judiciales y los escándalos que golpean al partido mayoritario de la conjunción gubernamental han terminado salpicando de lleno a la cabeza de nuestra institución. Y el golpe no ha venido solo. Ha llegado envuelto en dialéctica socialista.
Pero no una dialéctica académica. Ni formada. Ni intelectual. Ni candidata al Nobel por su brillantez.
No.
El zamarrazo nos llega por desconocer —o fingir desconocer— la diferencia entre una reunión y tomar un café. Perdón: “un té, porque yo tomo té”, afirmó Mercedes González.
Y entonces uno se pregunta: ¿cómo se nos queda el cuerpo?

Leire Díez, los encuentros y las explicaciones difíciles de creer
Una reunión se convoca. Tiene objeto. Tiene intención. Tiene temas. Tiene interlocutores. Puede tener negociación, tanteo, preguntas, silencios, pros, contras y pretensiones. Incluso puede tener excusas.
Tomar un café —o un té— es otra cosa.
O eso pensábamos.
Pero reunirse, no se reunió. Se juntaron. Que suena más doméstico. Más inocente. Más de pasillo. Más de “aquí no ha pasado nada”.
Y no una vez. Ni dos. Según parece, pudieron ser tres los encuentros con Leire Díez, alias “la fontanera del PSOE”, en las cercanías de la calle Guzmán el Bueno 110, sede de la Dirección General de la Guardia Civil. Dichas citas, al parecer, resultaron infructuosas para Díez, cuya profesión declarada es la de periodista, aunque de su ejercicio efectivo haya más sombras que certezas.
Curiosamente, tras el último encuentro, Mercedes González habría establecido el borrado del chat de WhatsApp con dicha periodista.
¿Por qué?
Porque el telefonito se llena de tonterías a diario, claro. Buenos días por la mañana. “¿Qué tal va la vida, chata?” a mediodía. “Qué ganas de acabar este día de mierda” por la tarde. Buenas noches, corazón. A eso se añaden fotos, emojis —símbolos presuntamente graciosetes— y demás adornos digitales para vestir conversaciones sin importancia.
Total, un lío cojonudo.
Cuando la política confunde institución con decorado
Ahora bien, Mercedes, hija, pretender que nos creamos esa explicación como si fuéramos reclutas recién llegados al patio de armas… hombre, por favor.
Un guardia civil se caracteriza por una desconfianza pública y notoria en su vida profesional. A veces, incluso en la personal. Pedro Sánchez, Fernando Grande-Marlaska, Margarita Robles y tú, Mercedes, parecéis convencidos de que nos hemos caído de un guindo.
Y no.
Muchos conservamos una memoria incómoda. Una memoria con nombres, fechas y heridas. Entre ellas, la de Luis Roldán Ibáñez, que dejó la institución por los suelos. ¿Ves? Tampoco en eso eres innovadora.
A pesar de las enormes expectativas creadas con tu regreso —tras marcharte para ser candidata en unas elecciones, detalle que tampoco invita al romanticismo institucional—, aquella presunta ilusión de los más inocentes se truncó pronto.
Quizá no conservas memoria de tu primer mandato. Quizá tampoco del resto de la historia que nos contempla en nuestro 182 aniversario. Nosotros sí. Además del honor, tenemos siempre presentes a quienes nos precedieron. A quienes dieron la vida por este país llamado España.
Y entonces llegaste tú, Merche.
Cagüen la mar.
La Guardia Civil no es una escenografía partidista
Presentarte vestida con un terno similar a un pijama —verde oliva y blanco, casi escocés— en el homenaje a nuestros compañeros fallecidos en acto de servicio no fue un detalle menor. Nadie te pedía un milagro. Nadie exigía una comunión íntima con nuestra historia. Bastaba con algo mucho más sencillo: decoro.
Sentido común.
Respeto.
Nada más.
En lugar de eso, apareció una estética más propia del dormitorio que de un acto solemne de la Guardia Civil. Y conviene decirlo con claridad: en determinados actos, la forma también es fondo. Mucho fondo.
Después llegó tu comparecencia en la comisión de investigación del Senado. Llena de “jamás”. Repleta de negaciones solemnes. Un rosario de frases diseñadas para sonar firmes, aunque terminaran sonando huecas.
Y allí afirmaste que somos tu familia.
No, Mercedes.
No te enteras.
No eres de los nuestros. Porque los nuestros respetan. Los nuestros defienden. Los nuestros velan por las familias de quienes se juegan la vida mientras otros juegan a sobrevivir políticamente en los despachos.
Los nuestros no usan la Guardia Civil como decorado.
No la manosean.
No la disfrazan.
No la confunden con una agrupación de obediencia partidista.
Honor, memoria y respeto institucional
Tu horizonte no pinta verde, precisamente. El futuro se parece más al sobaco de un grillo que a una salida digna. Ahí, al menos, quizá hayas acertado: el escarnio político puede llegar antes de lo previsto.
Sería óptima una salida por motivos personales. Elegante. Breve. Sin demasiados comunicados. Sin otra taza de té.
Porque, siguiendo el viejo dicho español, otro vendrá que bueno te hará.
Y visto lo visto, tampoco tendría que esforzarse demasiado.