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«La espiral de Durero»

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Obra de Angel Hernández Jiménez, cigaleño

«La espiral de Durero» debería ser una obra de referencia en los institutos.

El arte es la manifestación de la actividad humana mediante la cual se interpreta lo real o se plasma lo imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros. Así define el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española al término «arte». Ahora bien, esas manifestaciones de actividades humanas tienen un componente explicativo desconocido para muchos —un servidor es un ejemplo de ello— y un amigo nos ha dado algunas claves. Esas son las maravillosas matemáticas.

La espiral de Durero es una publicación muy, muy sencilla de leer; muy, muy amena de comprender, ya que todas las explicaciones artísticas se basan en matemáticas y se acompañan de imágenes, que aportan el claro ejemplo de las definiciones dadas. Me ha hecho recordar a Fray Honorato, mi maestro de matemáticas en 6, 7 y 8 de aquella maravillosa Educación General Básica —sí, «la EGB»—, cuyo amor por la materia era casi igual al cariño de las enseñanzas de San Francisco de Asís. La suerte fue dispar en bachillerato, con las matemáticas, me refiero. Ellas, sin quererlo, pasaron a ser un «enemigo» numérico para muchos de nosotros.

La lectura de un libro -como «La espiral de Durero»- siempre aporta nuevos datos a nuestro conocimiento. Los tiempos de echar un rato leyendo son de los mejores que se pueden tener. Sí, tú mismo puedes montar una película dentro de ti; gracias a los escritores, sus historias, llenas de descripciones, tramas, personajes, aventuras y la realidad de aquello delante de nuestros ojos. Otros libros son educativos, divulgativos de conocimientos. El lenguaje ha de ser atractivo, sencillo, imaginativo, como si conocieras al autor y te estuviera hablando al oído.

Arte y artistas

Aplicar los conocimientos adquiridos a explicar e insertar cincuenta y cinco citas en ciento diez páginas de escritores, artistas y científicos de la antigüedad, eso es un trabajo ingente, maravilloso y muy dedicado. Entre otros Pacioli y Arquitas, Neumann y Marco Vituvrio Polión; Mozart, Los Suaves y Metallica; Santo Tomás de Aquino y Pitágoras, Diego y Francisco de Praves. Lugares donde se encontrará la explicación de parte del arte en las matemáticas: Liébana, Turquía, Moarves de Ojeda (Palencia), Siena (Italia), Burgos y —¡cómo no!— Cigales (Valladolid). Recorre varias épocas del arte universal: románico, gótico, renacentista, incluso una parte que llaman arte «moderno», que un servidor ni entiende ni comprende y música.

Se hace mención, por ejemplo, a los «Ensayos de ociosidad», escritos por un monje budista japonés entre los siglos XIII y XIV para explicar la imperfección de la aplicación matemática al arte:

«En todo, la uniformidad es indeseable. Dejar algo incompleto lo hace interesante, y le da a uno la impresión de que hay espacio para el crecimiento… incluso cuando se construye el palacio imperial, siempre dejan un lugar sin terminar».

Maravilloso, sin duda. Ese sencillo texto ha servido para explicar varias obras, su sentido y el motivo hecho realidad. A nosotros, los cigaleños, «la serie de Fibonacci» nos ha servido para comprender cómo está diseñada y construida la iglesia bajo la cual nos hemos criado. Ese impresionante templo de más de cincuenta metros de altura —cincuenta sin contar las dos torres— construido en piedra.

Esas fachadas siempre fueron un enigma para muchos de nosotros. En especial las ventanas cerradas y abiertas, sencillas y dobles, en tres pisos, así como el apóstol Santiago blandiendo la espada a caballo. Sus dos enormes torres, esculturas y columnas del templo han adquirido un sentido. Es un templo tan monumental, que ahora algunos llaman «Catedral del vino». ¿Aún es desconocida para ustedes?

Ángel Hernández Jiménez, autor de «La espiral de Durero»

Ángel Hernández Jiménez es una criatura inteligente, nacido y criado en Cigales, provincia de Valladolid, a los pies de la iglesia de Santiago Apóstol. Aún recuerdo la quesería de su padre y tío —conocidos por los Bejaranos, que de allí proceden, de Béjar (Salamanca)—, cuyas elaboraciones eran exquisitas. Sería muy sencillo mencionar así a un amigo. Ángel es economista con suficiencia investigadora por la Universidad de Valladolid y consultor de análisis estratégico. Nos ha enseñado el arte de manera diferente.

Recuerdo algunas tardes de los sábados ver el 5 naciones de rugby con Ángel en el mesón. Fue hace años, unos cuantos años. Allí, a nuestras espaldas, la majestuosa iglesia preside el pueblo. Llevaría debatir un buen rato si Ángel Hernández es un maestro o no. Él quizá piense en contrario de mi afirmación. Creo —estoy convencido— que él tiene una maestría bien demostrada en estos tiempos que corren por España:

—Enseñar al que no sabe es diferente a dar clase en un aula. El primero es maestro —al menos para mí.

Ángel, querido amigo, gracias por escribir La espiral de Durero. Recomendable al 100% y disponible en Amazon.

En cuanto pueda ir a Cigales, me encantará compartir la explicaciones con mis padres y un vino rosado —allí decimos «clarete»— con Ángel en el Lagunajo, a los pies de la iglesia, viendo esa espléndida construcción.

Fue publicado en «El Español«.

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