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Manos acarician el alma

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Las manos acarician el alma, a la vez que masajean el cuerpo

Olvidamos a menudo la conjunción perfecta entre las personas y el alma: las manos. Nuestros apéndices son una parte esencial para relajar el cuerpo —y sus lesiones— junto al espíritu —y sus cicatrices—.

En los recintos hospitalarios, suele llevarse la gloria quien maneja instrumentos afilados para cortar y extraer trocitos que amenazan con terminar nuestra presencia en esta vida.

—Quien viste de blanco tiene razón: Papa, médico, carnicero… —el metal afilado entrega cierto poder; el báculo, también.

Hoy voy a contarte, en esta breve historia, cómo un chavalote nos coloca tendones y músculos, y devuelve al orden las contracturas con unas manos que acarician el alma. ¡Ah! Se llama Nacho.

El día a día en calles y carreteras trae situaciones que, a veces, acaban en accidentes. La mayor parte son “alcances”, según la terminología de tráfico: pequeños impactos traseros o laterales. Frenas y vuelves a frenar; los dos pies firmes, las manos rectas en el volante haciendo fuerza —incluso el copiloto y el resto de pasajeros—, y logras evitar chocar con el vehículo delantero. Pero quien circula detrás no tiene el mismo éxito y es tu coche el que frena su trayectoria.

Empieza el lío

Los daños son pequeños, casi invisibles en la parte trasera del coche. Sin embargo, nuestro hermoso cuerpecito se desajusta: tendones contracturados. Y duele, molesta, puede marear. Hay fracturas en apéndices; en las costillas es raro, gracias a los sistemas de protección airbag, que salvan vidas a diario. En resumen: cervicales, lumbares, muñecas, hombros, codos e incluso tobillos forman el mapa habitual de daños en un choque a poca velocidad, sea en vehículo, sea en moto.

Y merecen atención. Y cuidados, ¡cómo no!

En urgencias te hacen las pruebas de imagen para localizar las lesiones. El traumatólogo pauta las sesiones de rehabilitación. Tras el diagnóstico, conocí a Nacho; Ignacio Recio, para ser más precisos.

Nacho

Describir a este joven es sencillo: un tipo muy, muy majo. Deportista —baloncesto—, treinta y pocos, cinéfilo y buen gusto por la música; apasionado de salir a cenar con su esposa —María, te conocemos de oídas— y de ver una peli en un día libre de la pareja. Practica el tiro a canasta con el papel protector de la camilla, cuando ya nos ha dado un repaso a cada uno. Y acierta. Posee un tino espectacular, sea directo a la papelera o aprovechando el tablero —puerta del armario—, que hace esquina en la habitación.

Además de las normas hospitalarias, allí imperan reglas de convivencia; normas de puro sentido común para un mínimo consenso pacífico. La primera: prohibido hablar de política. ¡Primer acierto! La segunda: música. Nacho ha creado una lista para escuchar en la sala. Cada paciente —pronto, amigo— aporta tres canciones a esa lista pública. Condiciones: evitar el heavy metal —estamos en un hospital, lógico—, y que sea música de verdad —evitamos el chunda-chunda y esas composiciones a base de autotune en las que cambian las letras, pero la melodía suena calcada—.

Después, Nacho Recio te indica dónde empieza tu rutina diaria: calor, electrodos, ondas, pistolita o masaje. En este último apartado —no necesariamente en ese orden— conocerás sus manos. Antes, eso sí, arranca la tertulia.

Terapia total

Tenemos un vecino de edificio. Un tipo cuya identidad desconocemos —de momento—, que desayuna una taza de café con sacarina —taza decorada y, según San Google, valorada en 24 €—, y un cigarrillo; luce coleta tirante en la cocorota; tanta tensión que sorprende, dada la escasez de pelo. A veces le acompaña una mujer —le atribuimos condición de esposa—. No madrugan mucho, pero tampoco faltan a la cita. Su rutina y la nuestra: figurantes de una ventana indiscreta aún por filmar.

¿De qué hablamos? De series de televisión, experimentos televisivos con humanos —reality shows, que no han vaciado bibliotecas ni universidades; es broma—, relaciones del famoseo rosa y, por supuesto, los avatares diarios: niños, tráfico, carreteras, recetas y cocina, ofertas y compras, entre otros.

Entre la descarga eléctrica —leve—, el calor de la lámpara y los oportunos ¡ay! provocados por la presión de los dedos de Nacho, el tiempo pasa. No es mucho ni ingrato. Sales dolorido —tiene que doler—, pero vas recuperando la salud, porque Nacho —el gran Ignacio Recio— recoloca los tendones y devuelve a las articulaciones su buena mecánica.

Las manos mágicas

Esas manos poseen magia —y fuerza—. Entran con facilidad por rincones imposibles de las vértebras, de los huesos en general. Va y viene, aprieta y suelta, una y otra vez. Manos que acarician la piel y disuelven el dolor. La tertulia vuela por el aire de la sala. De un tema a otro, a medida que avanza el masaje, sus manos acarician el alma.

He conocido muy buenas, bellas y simpáticas personas allí. Vamos renovando el personal, porque la curación llega. Y no, no podremos olvidar nunca a Ignacio Recio; Nacho, esposo de María, escolta en un equipo de baloncesto aficionado, dueño de unas manos divinas que curan el cuerpo y tocan los sentimientos.

Sencillamente gracias, querido.

Si te apetece leer mi ultima historia publicada, se titula «Bajos fondos«, dedicada al gran Fernando Lázaro Martínez, quien desarrolló su labor periodística en el diario El Mundo defendiendo a las víctimas del terrorismo.

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