La perversión del lenguaje: cuando la política convierte el desprecio de la palabra en arma

Cuando los políticos traicionan el lenguaje: la decadencia empieza ahí

La decadencia de la política en España —y de una parte nada desdeñable de la sociedad— no nace de la falta de ideas, sino del desprecio por el lenguaje. Y por “lenguaje” no hablo de una ocurrencia de tertulia, sino de la facultad humana de expresarse y comunicarse mediante sonidos articulados o sistemas de signos, conforme define el diccionario de la Real Academia Española. Añádase un detalle menor —solo menor para quienes nunca han leído una frase hasta el final—: esa expresión debe seguir reglas comunes de sintaxis y gramática. Para todos los usuarios, sí. No solo para los que se creen “vanguardia”.

George Orwell

George Orwell publicó en 1946 el artículo titulado “Politics and the English Language” donde afirmaba ante la situación política de Gran Bretaña:

Conviene reconocer que el caos político actual está relacionado con la decadencia del lenguaje, y que probablemente puede mejorarse empezando por lo verbal.

Y me acordé de la decadencia por el desprecio similar en nuestra España.

Desprecio

Digo desprecio porque un día aparecieron unos jóvenes advenedizos con ambición de conquista —aquello de “asaltar el cielo”, en referencia al poder legislativo y ejecutivo, según Pablo Manuel Iglesias Turrión— y comenzaron a retorcer conciencias con el objetivo de ganar poder. La torsión mental tuvo prólogo en el 15-M, tolerado por el Gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero, con Alfredo Pérez Rubalcaba (D. E. P.) gestionando, como tantas veces, el lado oscuro del decorado.

Presuntos pacifistas tomaron la vía pública en la Puerta del Sol como quien toma un ministerio: con la convicción de que la calle es suya y la ley, negociable. Impidieron el libre ejercicio del comercio y el tránsito. Se asentaron durante semanas, montaron zonas de elaboración de comida y convirtieron el centro en un campamento con aroma a épica y a normativa sanitaria ignorada. En España, ya se sabe: si la izquierda se salta la ley, suele presentarse como “resistencia”; si lo hace otro, como “amenaza”. ¿Necesitan ejemplos o ya vamos servidos?

Diferentes

En su afán de parecer distintos —diferentes, disruptores, redentores— fijaron un lenguaje nuevo para colonizar mentes más simples. Y no simples por falta de formación, sino por orfandad de análisis: incapaces de distinguir entre legalidad y propaganda, entre derechos y eslóganes, entre reforma y asalto. ¿Quiénes? Ellos: los llamados a la gloria, por supuesto.

Los elegidos estrenaron lo que se vendió como “lenguaje inclusivo”. El título era perfecto: moderno, igualitario, progresista. Casi apetece aplaudir… hasta que uno mira el contenido. La operación consistía en dinamitar, a golpe de consigna, las reglas que durante siglos han permitido entendernos. La RAE —con su “limpia, fija y da esplendor”— quedó convertida en enemiga del pueblo. En su lugar, se encendió un ventilador moral para esparcir por el aire la mugre intelectual y convertir el debate en una guerra de trincheras verbales: “conmigo” o “contra mí”.

Y el resto, enemigos.

¿Todos?

Todos.

El desprecio empezó con la extrapolación de una supuesta igualdad a la manera de referirse a los grupos de personas: “hombres y mujeres”, “ciudadanos y ciudadanas”, “españoles y españolas”… siempre, en todo lugar, venga o no a cuento. Y, para rematar la faena, el nuevo idioma de la superioridad moral se subió al carro del movimiento LGTBIQ+ —disculpen si falta alguna sigla; mañana quizá añadan otra— e incorporó el “niñes”, como si el problema de la infancia fuese la vocal y no la hipocresía adulta.

El salto a las redes sociales fue inmediato. Allí captaron a los más jóvenes y vulnerables: chavales con un teléfono en la mano y hambre de pertenecer a algo. Les ofrecieron identidad, enemigo y consigna. El pack completo. Y muchos lo compraron. Los ya entrados en años, deseosos de regresar a una juventud perdida, se apuntaron a la fiesta: nadie quiere quedarse fuera del baile, aunque la música sea mala.

La ventaja del invento es que funciona como una pulsera de “todo incluido”: con oírlo sabes de qué pie cojea el emisor sin necesidad de preguntar nada. Todos hemos recibido cartas que empiezan con “compañeras y compañeros”, “vecinas y vecinos”. Y cómo olvidar a Pedro Sánchez y su solemnidad de “españoles y españolas”, pronunciado con esa entonación de quien descubre el fuego en directo.

La vuelta

Año 2016 —“era cristiana”, diría alguno—. Pedro Sánchez Pérez-Castejón, que no ha pasado a la historia por ser un prodigio académico, reapareció en la vida del país con la resiliencia del político profesional: cae, resucita, se rehace. Tras su peregrinación por las federaciones del partido —con relato de martirio incluido— recuperó el mando. Después vino lo de siempre: asimilación de enemigos, purgas elegantes, sonrisas de foto y cuchillo en la espalda. Quien no cedió ante el báculo, acabó defenestrado. Y como el peligro venía por la izquierda —la izquierda “chachi y molona”, liderada por Pablo Iglesias— incorporó al discurso las expresiones bastardas del nuevo catecismo: “jóvenes y jovenas” (la ocurrencia, dicen, ya venía de un político argentino). Entre Pedro y Pablo no inventan nada bueno, y desde luego nada nuevo: solo reciclan envoltorios.

El “asalto al cielo” se oficializó con el abrazo de Pablo Iglesias y Pedro Sánchez al firmar un pacto de gobierno. Ahí empezó el desastre, o al menos su fase más visible. Desde ese momento, el declive se convirtió en método: sociedad, nación, país y patria milenaria… todo sonaba a eslogan en manos de quienes detestan el significado de las palabras. No exagero. O sí, pero con fundamento.

La llegada de Pablo Iglesias abrió la puerta a otra figura clave: Irene Montero, elevada a símbolo, bandera y ariete. Con ella, el país asistió a una paradoja perfecta: un Gobierno que proclamaba pedagogía a gritos y legislación a martillazos. Y así llegó la ley del “solo sí es sí”, defendida como hito moral y convertida después en un problema político y jurídico de primer orden. Se aplaudió con fervor, se blindó con propaganda y se explicó con excusas cuando la realidad, como siempre, estropeó el relato. Mientras tanto, el presidente —presidente de todos, todas y “todes”, si me permiten la licencia— miraba hacia otro lado con la serenidad de quien confía en que el titular le salve.

Herencia

En su legado oscuro, Iglesias designó sucesora a Yolanda Díaz, política gallega de Fene, que aterrizó en el Gobierno central con vocación de maestra de párvulos y gesto de telediario. Habla subrayando sílabas, construye frases de cuatro en cuatro palabras, y acompaña el discurso con coreografía de cejas, dedo erguido y bamboleo de melena de secador y marcador. Si uno cierra los ojos, vuelve “Barrio Sésamo”. Solo que aquí no hay aprendizaje: hay condescendencia. Nos habla tan despacio que parece tratarnos como si sumar dos más dos fuese un problema de Estado. Hasta Coco era más didáctico.

Pero todo tenderete progre, tarde o temprano, se cae. Y cuando cae, lo hace con estruendo. Aquella facción que llegó prometiendo limpiar la corrupción terminó chapoteando en su propio barro, con una soltura que ya la quisieran algunos profesionales del lodazal. Los que fardaban de virtud pública se descubrieron con vicios privados. Y lo más cutre no fue el vicio —cada cual se arruina como puede— sino el espectáculo de la coartada: que pague otro, que lo tape otro, que lo ignore el de arriba.

Imbécil

Y el de arriba, claro, afirma no saber nada. No sabía de las tramas, no sabía de las mordidas, no sabía de las cloacas, no sabía de las miserias. Si nada sabía, entonces no es una víctima: es un incompetente. Porque gobernar un país como si fuese un grupo de WhatsApp —donde nadie se entera de nada y todo se borra con un “yo no fui”— no es gestión; es irresponsabilidad.

Pedro, el banquillo te espera —más pronto que tarde— como a quienes te rodean. Efectivamente, vas a pasar a la historia. Falta por ver si como estadista… o como ejemplo de lo que ocurre cuando se sustituye el lenguaje por propaganda y la política por una liturgia de consignas.

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