Juan Redondo: el preso FIES que convirtió los traslados en fugas

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FÍES (Fichero de Internos de Especial Seguimiento): los más peligrosos entre los peligrosos y crueles

Los sótanos de un palacio de justicia no huelen a ley, huelen a hierro. A pasillo cerrado, a humedad vieja, a sudor contenido. Allí no hay toga ni estrado; hay puertas de chapa, rejas, llaves y un silencio que solo se rompe cuando alguien decide que es el momento de abrir.

El 13 de junio de 1995, en los calabozos del Palacio de Justicia de Gijón, ese silencio se convierte en otra cosa: en alarma, en disparos, en gritos, en órdenes cortas y tensas. Un policía es asesinado. Otros resultan heridos. Hay rehenes, confusión, minutos que parecen horas. Y un nombre queda pegado al episodio como una etiqueta que no se despega: Juan Redondo Fernández.

Si empiezas esta historia en Gijón, empiezas tarde. Si la cuentas solo desde la hemeroteca, te faltará la parte más inquietante: la que sucede antes del titular, la que ocurre en el trayecto. Porque en la vida real, el crimen —y también la seguridad— no se decide solo en el momento final. Se decide en la rutina, en los protocolos, en la mecánica de un traslado.

Traslados FÍES: una oportunidad para escapar

Hace años se trasladaban internos FIES por media España: Badajoz, Madrid, Almería, Jaén, Sevilla, Cádiz, Madrid, Valladolid, Valencia… Para determinados perfiles, la cárcel no es el final del delito: es otro escenario.

Voy a hablaros de Juan Redondo Fernández. Él acostumbraba a decir a los agentes de la Guardia Civil que le trasladaban la primera vez:

—Mi objetivo es fugarme y el suyo impedirlo.

Juan Redondo recordaba cada cara; cada traslado; cada agente; cada vehículo; sin teatro, sin bravuconada, casi con la serenidad de quien enuncia una norma física. Una memoria prodigiosa orientada al mal.

Amenaza o desafío

No era una amenaza. No era un desafío adolescente. Era un contrato verbal. Una declaración de posiciones. Y lo peor —o lo más peculiar— es que, a partir de ahí, te llevabas bastante “bien”, si es que se puede decir esa palabra cuando uno lleva uniforme y el otro va esposado. Pero el entendimiento existía: cada uno sabía exactamente cuál era su lugar y cuál era el lugar del otro. Sin engaños. Sin moralinas. Sin que nadie fingiera que aquello era otra cosa.

A Juan no lo conoces por un grito. Lo conoces por el silencio. Tenía una mirada penetrante y firme. Vacía, pero no amenazadora. Una mirada que no busca intimidar, sino medir. Como si estuviera registrando el mundo en unidades de distancia y tiempo: la posición de las manos, el ángulo de una puerta, el ritmo de una respiración.

Medía alrededor de un metro y setenta y cinco centímetros; alrededor de setenta kilos de peso. Rubio. El pelo largo por los laterales hasta los hombros, y muy clareado en la parte frontal y superior, como si el tiempo y la prisión le hubieran ido retirando la sombra de la cabeza. Su aspecto no era el del monstruo de película. Era peor: era el de alguien que puede pasar por normal si no sabes lo que estás mirando.

Apreciabas una aspecto en su vida: constancia. Juan era un hombre con un proyecto. Y su proyecto no era “cumplir”. Su proyecto era escapar.

Individualizar para garantizar la seguridad

Cuando se habla de internos FIES desde fuera, suele hacerse con dos tonos: el del que mitifica y el del que demoniza. Ninguno sirve. FIES es, ante todo, un sistema de control para perfiles de especial seguimiento. Un sistema diseñado para que el interno no se convierta en un vector de violencia, de fuga, de coordinación criminal o de desestabilización dentro del centro. Y ese diseño se plasma, a veces, en medidas que parecen simples en el papel y brutales en la práctica.

Aislamiento. Celda individual. Sin contacto físico con funcionarios. Sin “vida social” dentro del módulo. Salida al patio en condiciones estrictas: dos únicos internos, dos horas al día. Dos horas de cielo. Dos horas de pared. Y las otras veintidós, dentro de una caja. Veintidós horas de cemento, de escasa luz natural y mucha artificial, de rutina repetida hasta que el tiempo pierde forma.

Eso es importante para entender algo que fuera cuesta comprender: la prisión no es solo encierro; es privación sensorial y control de cada gesto. Para algunos internos, esa presión destruye. Para otros, afila. Y para un perfil como Juan, el encierro no era solo castigo. Era laboratorio. Un lugar donde observar cómo se mueve el sistema, dónde respira, dónde cambia de ritmo.

Porque el punto débil no siempre está en el muro. A veces está en el movimiento.

Muros

Una cárcel puede tener torres, cámaras, rejas, controles. Pero el traslado es otra cosa. El traslado es la salida del perímetro. Es el vehículo. Es la carretera. Es el puente entre dos mundos: el mundo del hierro y el mundo de la calle. Y por eso, para los internos con mentalidad de fuga, el traslado no es un trámite. Es una oportunidad.

La orden de traslado llegaba, muchas veces, con apenas veinticuatro horas de antelación. Veinticuatro horas. Eso condicionaba todo: planificación, personal, coordinación, descansos, logística. Y ese margen estrecho era una medida de seguridad en sí misma, porque reducir el tiempo reduce también la filtración. Pero el problema es que el riesgo no solo está en la filtración; está en lo humano. En la fatiga. En el hábito. En la sensación de que “esto ya lo he hecho mil veces”.

Ahí es donde los internos como Juan Redondo se crecen.

Cartas de amor

Aparece un fenómeno que desde fuera suena a chiste, pero dentro era real y frecuente: las llamadas “cartas de amor”.

La expresión tiene mala leche, y a veces se usa con sorna, pero describe una táctica: escritos dirigidos a autoridades —a presidentes de audiencias, a órganos judiciales, a instituciones— que provocaban reacciones, denuncias, diligencias, comparecencias. No era amor, claro. Era estrategia. El objetivo no era ganar un pleito. El objetivo era moverse. Forzar un traslado. Cambiar de escenario. Ver la calle.

Porque ver la calle, para un interno que vive en aislamiento, es como abrir una ventana en una habitación sin aire. No solo es un estímulo. Es un recordatorio de que la fuga existe como posibilidad física. Y esa posibilidad, cuando la rumias veintidós horas al día, puede convertirse en obsesión.

No voy a describir métodos. No voy a dar manuales. Pero sí puedo explicar el mecanismo emocional y operativo: cuando el sistema te saca, aunque sea para declarar, aunque sea para un trámite, te coloca en un territorio donde el hierro no lo es todo. Y en ese territorio, cada segundo cuenta.

Juan lo sabía. Los agentes los sabían. Aquella frase no era teatral: era una radiografía.

La libertad está fuera del muro

A veces, en un traslado, el tiempo no se siente igual. El vehículo avanza y tú estás atento a lo de siempre: posiciones, comunicaciones, seguridad. Pero hay un segundo plano mental que nunca se apaga: “¿Qué haría él si pudiera?”. No por paranoia, sino por profesionalidad. Y porque en este oficio aprendes una cosa pronto: la mayoría de los problemas no vienen del caos, vienen de la confianza.

Juan Redondo no parecía un hombre que quisiera romperte por gusto. No tenía esa energía del abusador. Tenía, más bien, la energía del calculador. Y eso es lo que da miedo. Porque el calculador no se enfada: espera. Y cuando espera, aprende.

Y lo cierto es que Juan Redondo traía una historia de fugas a cuestas. Había protagonizado un episodio que se quedó en la memoria penitenciaria: la fuga del barco. Un traslado en un ferry —Tenerife a Cádiz— y la evasión posterior, junto a otro interno. Un barco es un escenario con demasiadas variables: pasaje, tripulación, puertas, escaleras, ruido, muelle, varios días de navegación. Un barco es el sueño del que busca confusión. Y Juan Redondo, que vivía para los trayectos, encontró ahí su terreno.

Cuando alguien se fuga una vez, el sistema aprende. Cuando alguien lo intenta muchas veces, el sistema se endurece. Pero el endurecimiento tiene una paradoja: cuanto más blindas al interno dentro de la cárcel, más valiosa se vuelve para él cualquier salida, por mínima que sea. Cada conducción es oro. Cada traslado, una rendija. Cada comparecencia, una posibilidad.

Así se construye una espiral: el interno provoca movimiento; el sistema reacciona con más control; el interno se obsesiona más con el movimiento. Es una guerra de nervios y procedimientos.

Gijón, 1995

Y entonces llegamos a 1995.

El 13 de junio de 1995 no es solo una fecha. Es la demostración brutal de algo que ya intuíamos: el punto más débil no siempre está donde se cree. En Gijón, el escenario no fue un patio, ni un locutorio, ni un módulo. Fue un calabozo judicial. Un lugar que, en teoría, es seguro. Pero que depende de rutinas: abrir, cerrar, pasar, custodiar. Y las rutinas, cuando se repiten, se vuelven mecánicas.

Aquel día, Juan Redondo estaba en calabozos. No bajó allí para un paseo. Bajó porque había diligencias. Y con él estaba Santiago Cobo, otro interno FÍES. A Cobo lo trasladaron desde Valladolid a Villabona el día antes. Eso es lo que no sale en el titular: la víspera. El movimiento previo. Las piezas colocándose en el tablero sin que nadie —o casi nadie— vea el tablero completo.

El relato oficial describe la secuencia esencial: se pide ir al servicio, se abre, se produce el forcejeo, se arrebata un arma, se dispara. Un agente, Juan Arroyo Asensio, es asesinado. Dos policías más resultan heridos. Hay rehenes. Hay horas de tensión y negociación. Al final, tras un tiroteo intenso, se rinden. Juan Redondo recibe un disparo a la altura del pulmón. Pierde medio pulmón por las heridas sufridas. Cobo, sale hileso.

Los derechos son oportunidad

El mecanismo es simple: un segundo de ventaja. Un procedimiento que, por necesidad, exige abrir una puerta. Un interno que vive para ese segundo. Y un sistema que, pese a ser fuerte, no puede convertir la vida humana en un algoritmo perfecto.

Gijón no fue solo un estallido de violencia. Fue un choque entre dos mentalidades. La mentalidad institucional, basada en protocolos y rutina controlada. Y la mentalidad del fugador persistente, basada en la búsqueda obsesiva de rendijas.

Porque Juan Redondo no era “un preso más”. Juan era un preso que te miraba como te mira un ajedrecista: no por lo que eres, sino por la función que cumples en el movimiento siguiente.

Esa es la diferencia.

El menos malo de los sistemas

Y aquí entra el tema FIES con más fuerza. Porque, desde fuera, algunos creen que el aislamiento “lo resuelve todo”. Que si alguien pasa veintidós horas en celda, ya está. Que si sale solo al patio dos horas, ya está. Pero el aislamiento no es una solución mágica. Es una medida que reduce ciertos riesgos y aumenta otros. Reduce el contacto, sí. Reduce la coordinación con otros internos, sí. Reduce el acceso a dinámicas de módulo, sí. Pero también aumenta la presión psicológica, la obsesión con el exterior, la fijación con cualquier estímulo. Y en perfiles con tendencia a la evasión, esa fijación puede convertirse en gasolina.

No todos los internos FIES son iguales. Hay perfiles distintos. Pero hay un tipo, el que tú y yo sabemos reconocer, que vive con una brújula interna apuntando siempre a lo mismo: “salir”.

Ese tipo convierte el papel en herramienta. Convierte un escrito en movimiento. Convierte una diligencia en trayecto. Y convierte el trayecto en la única parte del mundo donde la cárcel se afloja un poco.

Las “cartas de amor” eran reales y frecuentes, no lo digo como chascarrillo. Lo digo como dinámica de trabajo. Recibir la orden. Veinticuatro horas. Coordinación. Conducción. Y en cada conducción, el mismo pulso: el interno quiere moverse; tú quieres que el movimiento no se convierta en ventana; ventana de oportunidad.

Pulso al estado

Con Juan Redondo ese pulso era explícito. No era un secreto. Por eso aquella frase es la frase que define toda esta historia. Porque te coloca la escena en su sitio: no estás trasladando a un hombre que va “a declarar”. Estás trasladando a un hombre que va a buscar una rendija dentro de la declaración.

Y aun así, lo inquietante de Juan Redondo es que no necesitaba amenazarte. No necesitaba gritar. Tenía una calma seca, de manual. A veces, la gente imagina a estos internos como animales desbocados. Algunos lo son. Pero otros, como Juan, son otra cosa: son hombres con disciplina de objetivo. Con paciencia. Con un cerebro entrenado para esperar.

Y eso condiciona al custodio. Le obliga a una vigilancia que no es solo física: es mental. Porque el agente también tiene que esperar. Tiene que pensar en su pensamiento. Tiene que imaginar sus posibilidades sin caer en la paranoia, pero sin caer en la confianza.

Y la confianza es el enemigo.

En el oficio se dice que lo más peligroso es “lo normal”. Lo normal mata. Porque lo normal adormece. Un día abres una puerta y no pasa nada. Otro día abres otra puerta y no pasa nada. Y cuando llevas cien puertas sin nada, la número ciento uno se parece demasiado a las otras cien. Y ahí es donde entra el que vive para la número ciento uno.

Gijón fue una número ciento uno

Después de Gijón, la historia de Juan Redondo no se apaga. Se endurece. El sistema se endurece con él. Y él se endurece contra el sistema. Años más tarde, se vuelve a hablar de intentos de fuga incluso en condiciones de aislamiento y control reforzado. Lo que eso te dice no es solo que el hombre insiste; te dice que su identidad está construida alrededor de la evasión. Hay delincuentes que delinquen por dinero, por impulso, por violencia. Y hay delincuentes que convierten la fuga en un modo de existir. Para ellos, escapar no es “salvarse”; es ganar.

Y cuando alguien vive para ganar en ese sentido, las medidas de control no eliminan el riesgo: lo desplazan. Lo empujan hacia los márgenes. Lo empujan hacia el traslado, hacia el juzgado, hacia el momento en que una puerta tiene que abrirse porque la dignidad humana exige ir al baño, porque el procedimiento exige una comparecencia, porque el sistema de justicia no puede detenerse por miedo.

Ese es el núcleo del problema: el Estado no puede renunciar a sus propias reglas. Y el delincuente lo sabe.

Por eso, cuando pienso en las “cartas de amor”, no pienso en la carta; pienso en el conflicto. La justicia tiene que tramitar. Tiene que escuchar. Tiene que notificar. Tiene que citar. Y para citar a un interno, a veces hay que moverlo. Y al moverlo, lo sacas de su caja.

Y aquí aparece una paradoja amarga: el mismo Estado que encierra a un hombre por peligroso tiene que sacarlo de la celda para cumplir garantías. Y en ese cumplimiento, el riesgo asoma.

Gestión del riesgo

¿Cómo se gestiona eso? Con procedimientos. Con formación. Con recursos. Con previsión. Con inteligencia penitenciaria. Con coordinación. Y, sobre todo, con una cultura que no se relaja ante la rutina.

Pero la cultura la hacen personas. Y las personas se cansan. Y el cansancio es un riesgo.

Internos FIES, aislamiento, celdas individuales que funcionan como una existencia mínima. Patios con dos internos caminando como un reloj, dos horas, vuelta y vuelta, en un espacio donde el cielo es un rectángulo. Controles donde el funcionario no toca, donde todo se hace con distancia, con técnica, con seguridad. El interno que se vuelve sombra de sí mismo, y el interno que se vuelve cuchillo.

Juan era del segundo tipo, pero en un sentido frío: no cuchillo emocional, sino cuchillo de objetivo.

Por eso su mirada era vacía. Porque la emoción, en él, parecía un lujo. Y eso, curiosamente, lo hacía menos amenazador en lo inmediato y más peligroso en lo estructural. El que te grita te avisa. El que te mira y calcula, no.

Golpe

Dentro, la reputación mata antes que el golpe. Si un interno es percibido como alguien capaz de cruzar límites extremos, todo cambia: cambian las miradas, cambian las distancias, cambian los silencios. Cambia la forma en que se abre una puerta. Cambia el pulso de un traslado. Cambia la manera en que un funcionario se coloca, incluso sin decirlo. Y eso es lo que importa para este relato: no la sangre, sino el efecto.

En el mundo penitenciario, la violencia extrema tiene un valor simbólico. Es una declaración de poder. No solo para el que la ejecuta, también para el que la teme. Y un interno con ese tipo de aura, real o construida, se convierte en un factor de riesgo permanente. Porque el riesgo no es solo que haga algo; el riesgo es que el entorno reaccione. Que otros internos se desestabilicen. Que un funcionario dude un segundo. Que el miedo se cuele en el protocolo.

Y el miedo, cuando se cuela, es la antesala del error.

El sistema

Por eso, cuando llegamos a Gijón, la historia no es solo la de una puerta que se abre. Es la de un sistema que se enfrenta a un perfil que vive para detectar el instante en que el sistema tiene que comportarse como Estado de derecho: humano, garantista, procedimental.

Ese día, el Estado pierde a un policía. Juan Arroyo Asensio no es un nombre de fondo. Es la víctima central. Un hombre que baja a un calabozo a hacer su trabajo. Un hombre que no salió de allí. Y eso hay que decirlo con la voz limpia, sin adornos, porque en los relatos de criminales famosos suele olvidarse que el costo siempre lo pagan otros.

Consecuencias

Lo que queda de esta historia no es la adrenalina del suceso. Lo que queda es la certeza de que el peligro real rara vez viene vestido de película. Viene en forma de rutina. En forma de orden recibida con veinticuatro horas. En forma de traslado aparentemente normal. En forma de un interno que te mira como si estuviera leyendo el mundo por dentro.

Y también queda otra idea: que la guerra contra perfiles así no se gana solo con barrotes. Se gana con procedimientos bien diseñados y, sobre todo, con una cultura profesional que entiende que el trayecto es el lugar donde el hierro afloja.

Hay una frase que nunca se olvida de Juan, y es la primera. Porque esa frase define su identidad de manera impecable. “Mi objetivo es fugarme y el suyo impedirlo”. No hay psicología barata ahí. No hay arrepentimiento, no hay melodrama. Hay objetivo.

Y cuando un hombre tiene un objetivo así, sostenido durante años, en aislamiento, con dos horas de patio y veintidós de celda, con órdenes de traslado que llegan con un día, con “cartas de amor” que provocan movimientos, con la memoria de fugas pasadas y la esperanza de fugas futuras… ese hombre no necesita gritar. Solo necesita esperar.

Y el sistema, para no perder, necesita no cansarse. Necesita recordar cada día que el enemigo no es la violencia visible, sino el segundo en que la rutina se vuelve mecánica.

Conclusiones

Este relato no busca glorificar a Juan Redondo Fernández. No busca convertirlo en mito. Busca lo contrario: quitarle el brillo falso y dejarlo en su forma real. Un delincuente persistente, con mentalidad de fuga, capaz de aprovechar rendijas procedimentales, y con un historial que demuestra que, cuando la oportunidad aparece, no duda.

Y en el otro lado, profesionales —guardias civiles, policías, funcionarios— que hacen su trabajo en un terreno donde la perfección no existe, donde el error cuesta caro, donde un segundo puede ser la diferencia entre volver a casa o no volver.

Si algo enseña esta historia es esto: el Estado no solo se defiende con muros. Se defiende con cultura de seguridad, con anticipación y con respeto por la realidad humana del protocolo. Porque los protocolos, al final, los ejecuta alguien con nombre y apellidos.

Y el que está enfrente, a veces, también.

Juan Redondo Fernández fue eso: un nombre con cuerpo, con mirada, con frase propia, con objetivo declarado. Lo trasladé. Lo escuché. Lo observé. Y entendí que, para algunos, la fuga no es un episodio: es una vocación.

Y por eso, cuando vuelves mentalmente a un sótano de juzgado, a una puerta que se abre “porque toca”, a una orden que llega con veinticuatro horas, a un interno que te mira sin amenaza pero con cálculo, entiendes la verdad dura de este oficio:

La seguridad no se rompe cuando el hierro falla.

Se rompe cuando lo humano se confía.

Y esa es la última imagen que quiero que se quede en tu cabeza: no un disparo, no un grito, no una persecución. Una llave girando. Un segundo de rutina. Y, al otro lado, una mirada vacía que ya estaba pensando en la calle.

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